En Haití, fui el hombre más rico del mundo

Por Manolo RoCa

Desde el aeropuerto de la Ciudad de México, ya estaba ansioso de hacer algo en Puerto Príncipe. Sabía que iba a hacer entrevistas, a tomar fotos, a grabar muchas imágenes y eso me emocionaba porque siempre sueño con comunicar la realidad de los más abandonados.

Nos trepamos al avión y en mi cabeza decía: ¡vientos, ya vas para allá! No importa que vayas a pasar un día en Panamá antes de llegar a Haití, lo bueno es que ya estás volando.

Llegamos al aeropuerto Tocumen de Panamá, de ahí al hotel. Salimos, cenamos algo, dimos una propina en pesos mexicanos, jajajajaja, porque resulta que el mesero nos dio de cambio en Balboas, su moneda nacional, y nos dijo: ‘esas sólo valen aquí’. Entonces, nosotros como buenos mexicanos, pues le dejamos 20 pesotes para ver dónde se los gastaba, porque esos sólo valen aquí, en México, jajajajajjaja.

panama-edificioSalimos del restaurante, fuimos a grabar algunas cosas y a tomar fotos para registrar los impresionantes edificios que tienen este país, lo que pasa en las calles, cómo se vive de noche y de ahí regresamos al hotel con una alberca en la azotea, una cama como para cuatro personas y era sólo para mi, una cocineta con refri, un baño reluciente como con tres toallas, dos jabones y un shampoo, de esos chiquitos. Pues con todo esto y para mi solo, porque cada quien tenía su cuarto, pues me sentía el rey.

Se acabó el día y al siguiente ya estaba, como a eso de las 6:30 de la mañana, preparando mi maleta para partir a Puerto Príncipe; se me cocían las habas dijera mi Mamá Maguito (mi abuelita).

Como a la una de la tarde ya estábamos volando, llegamos al aeropuerto de Puerto Príncipe y parecía como si llegaramos a otro mundo, a un mundo diferente.

Era caótico, todo el mundo gritando y buscando sus maletas, incluso a unos compañeros se les extravió su equipo con el que iban a trabajar. Me sentía confundido, como espantado, pero también con ánimo de registrar lo que veía y sentía.

Comencé con las fotos y el video. Todo me parecía merecedor de ser captado, de no olvidarlo, ni dejarlo fuera de las historias que quería contar a mi regreso.

Luego de casi dos horas de espera y búsqueda del equipaje de los otros compañeros, nos dimos por vencidos porque nunca apareció y salimos de la terminal.

Salimos de Puerto Príncipe hacía Léogâne en una camioneta tipo Pathfinder conducida por un tipo poco amigable y una copiloto que decía ser nuestra guardaespaldas. Pensé: ¿Cómo, de quién nos tiene que guardar la espalda? ¿Acaso hay guerra, quién querría hacernos daño si vamos llegando?, ni nos conocen.

haiti-puerto-principe-ninos-tomando-aguaEl recorrido hacía el campamento de la ONG que nos invitó fue impactante, en las calles sólo veía gente, mucha gente, pero sin un orden, todos en grupo, en calles grises, con un tapete de basura por todos lados, niños intentando tomar agua, sin señalamientos viales, sin negocios, sin lugares de trabajo fijo. Sinceramente, me espanté.

Llegamos al campamento, donde alrededor de 300 casas de campaña albergaban desde hace ya unas semanas a cientos de voluntarios de otras partes del mundo, en su mayoría de Estados Unidos, y donde una de esas tiendas era para nosotros.

A pesar de ser un lugar al aire libre, no viviamos mal; teníamos dos comidas al día, en un comedor techado, agua para beber embotellada la que quisieramos, café también el que te quisieras servir y, para abandonar un poco el día de trabajo en la reconsutrcción de los nuevos hogares, vendían cerveza, vino y sodas en el área social. Sinceramente no estabamos nada mal.

Llegó el último día de reconstrucción en Léogâne y a eso de las 3 de la mañana del sábado 1 de diciembre (también un día para recordar en México) todo mundo se empezó a ir.

Nosotros aguantamos hasta que nos dijeran en qué transporte nos ibamos a Puerto Príncipe, pero nos dieron casi las 10 de la mañana y cuando nos dimos cuenta ya no había nadie de la fundación.

¡Chín, creo que nos dejaron!, pensé.

Un compañero, gracias a su experiencia cubriendo guerras y tragedias en otros países, se movió y habló con los últimos que quedaban caminando por ahí hasta que consiguió que nos llevaran al hotel de Puerto Príncipe.

Nuevamente pasamos por ese inolvidable recorrido de abandono. Llegamos al hotel, descansamos unos minutos y nos fuimos al lugar más apocalíptico que haya visto en mi vida: el centro de Puerto Príncipe.

La catedral destruida, igual que como quedó después de ese martes 12 de enero de 2010, edificios desahabitados y desgajados, las calles inundadas de gente pidiendo comida, agua o algo para comprar arroz con frijoles que vendía otra persona igual de necesitada que ellos.

Caminamos, grabamos, tomamos fotos y me encontré con Anastasia, Peterson y un grupo de pequeños que nos rodearon apenas vieron que andabamos con cámaras.

Con temor a su reacción, comencé la entrevista a Anastasia, le pregunté de su vida, de cómo viven ahi, qué comen, qué le gustaría hacer, por qué hablaba español, además de Creol (idioma nacional).

Caminamos todos juntos, los niños, Peterson, y Anastasia, como nuestra anfitriona, diciéndonos cómo se vivía o se sobrevivía ahí, en la Calle de la Catedral.

Después de tener lo que quería: fotos, video y una entrevista que no imaginaba cuánto me iba a marcar, me comenzaron a dar nauseas, no por el olor a heces, orines, basura y tierra, sino porque me preguntaba: ¿ya tienes lo que quieres y ahora? Ellos van a seguir aquí y tú te vas. Al día a día del que tanto te quejas sólo porque te retrasaste unos minutos para llegar al trabajo.

Al fin dije: ¡Ya estuvo, ya no voy a grabar nada más. Ya no voy a entrevistar ni a preguntar a nadie más!

Seguimos platicando con Anastasia, nuestra traductora, mientras ella se tomaba tres Amoxicilnas porque dice que es necesario ahí para no ‘coger’ infecciones por el agua que toman.

Sonreían todos: ella, los niños, Adrián (mi compñero), pero yo no sabía qué hacer, me daban ganas de enseñar los dientes, pero también de tallarme los ojos por pena a que me vieran de chillón.

En eso, Adrián dijo: ‘te tomo una foto, ponte ahí’ (al lado del grupo).

Obedecí sin replicar y en eso me pusieron en los brazos a un pequeño sin pañal, como dijera mi Mamá Maguito, ‘a raíz’, osea, sin nada, con el ‘pajarito de fuera’.

Lo cargué y me sentí el hombre más rico del mundo. Sí, el más rico porque sentí su piel negra y áspera que me hizo recordar la crema, el shampoo, el rastrillo, el perfume, los calcetines, el pantalón, la camisa, el sueter y la chamarra que uso y sólo pensé en una última cosa: ‘creo que ahora soy el hombre más rico del mundo porque ya aprendí a sonreír sin necesidad de un espejo que me recuerde que necesito la lista de accesorios para verme bien. Sólo se tratar de vivir para sentir y hacer. Sin tanto arguende, otra vez como dijera Mamá Maguito’.

Puerto Principe, Haití.

Puerto Principe, Haití.

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