Reconocen globalmente el espíritu indígena de preservación ambiental

Por enseñanza de sus ancestros, habitantes de la selva Lacandona no cortan árboles ni cazan animales; sobreviven con la venta de artesanías y la agricultura familiar

Angélica Enciso / Periódico La Jornada (México)

La comunidad lacandona todavía escucha la voz del jaguar. Por herencia de sus padres, desde hace años procura la conservación ambiental de su territorio. No corta árboles, no caza animales, no tiene vacas y su milpa es pequeña. Viven de los escasos recursos que les dejan las artesanías, se alimentan del maíz y frijol que cultivan.

Y si los pobladores han hecho esto por costumbre, a partir de enero se comprometieron formalmente a continuar con la protección a través del pacto por la madre tierra, con el cual el gobierno estatal impulsa la iniciativa de Reducción de Emisiones por Deforestación y Degradación Evitadas (REDD+) y otorga 2 mil pesos mensuales a la comunidad de la selva Lacandona, constituida por cinco localidades.

Ahora los comuneros no sólo cuentan con ese ingreso monetario que los ayuda a mandar a los hijos a la escuela, comprar insumos para sus actividades productivas o para sus alimentos, sino también tienen vigilancia policiaca a cargo de los mismos pobladores y a cada una de las comunidades se le dotó de una ambulancia. Se busca dar un apoyo integral, dicen funcionarios de la Secretaría de Medio Ambiente estatal.

Un decreto federal de 1972 formalizó la creación de la comunidad lacandona en 614 mil hectáreas. Allí se establecieron los poblados Lacanjá Chansayab, Nueva Palestina, donde actualmente viven 20 mil indígenas tzeltales y está ubicado en la zona de amortiguamiento de la reserva de la biosfera Montes Azules, y Frontera Corozal, con 11 mil indígenas choles.

En 1996 se dio una ampliación de la superficie para sumar 662 mil hectáreas, ya que se incluyeron los predios de Nahá y Metzabok, ubicados al norte de la selva, y que ahora son Áreas de Protección de Flora y Fauna Silvestre.

Las autoridades de estas comunidades afirman que trabajan en la conservación ambiental y se quejan de que sus vecinos entran a las selvas para hacer cacería furtiva o extraer flora, como la palma cola de pescado. Aquí todavía se pueden encontrar especies en riesgo de extinción como jaguar, puma, guacamayas, orquídeas y loros.

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En Nahá, desde que amanece, los hombres piensan en la selva. Dicen que sus padres les enseñaron a cuidarla. Si un árbol desaparece, se debe recuperar. Aún recuerdan los incendios de 1998, que marcaron un récord de desastres en el país. Casi los rozaron. Por eso están alerta ante cualquier señal de un posible siniestro en esta temporada de estiaje.

Un estrecho camino de tierra, con viviendas a los lados, abre paso a la laguna y a la selva. Los hombres con sus túnicas blancas, reunidos en un salón de juntas, empiezan a relatar cómo es su vida en la selva.

Kin García, subcomisario de Nahá, lleva la voz. Explica que cuando supieron que el REDD+ era para cuidar la vegetación, la comunidad decidió participar. “Este programa es para cuidar las selvas e intervienen los 52 comuneros. Nos dividimos en grupos para vigilar la vegetación, hacemos recorridos, vamos por un lado, por otro. Si no hay nada regresamos. Mis papás, mis abuelos, nos dejaron como herencia las selvas.”

En Metzabok, otra comunidad lacandona, Enrique, el subcomisario, sentado bajo una sombra, desde donde el paisaje son pequeñas viviendas de madera construidas al pie de la montaña, relata que su pueblo tiene la visión de conservar. “Si te das cuenta donde no hay vegetación, hay mucho calor. Tenemos más de 20 años de no tumbar. Sí tenemos una zona para sembrar. Vivimos del maíz, yuca, camote. Todo lo que podemos comer”.

La iniciativa REDD+ en lo que “beneficia es que da apoyo a la gente. Los 2 mil pesos son algo. Sirve para la comida, ropa, zapatos. Para lo que hace falta. Aquí no hay ganadería. Queremos trabajar el turismo. Construir unas cabañas para que visiten la laguna”.

A veces el jaguar camina por la comunidad. “No hace nada, cuando ve a la gente se hace a un lado. No ataca”. Recuerda que por mucho tiempo se dejó de ver a los monos saraguato y araña, pero ahora hay muchos.

“El REDD+ es interesante para la selva y por un acuerdo de asamblea general se dijo que ya que no teníamos ningún beneficio con la conservación, esta propuesta era viable. Se beneficia a 852 comuneros, es bueno para la economía familiar”, explica Mariano Díaz, subcomisariado de Nueva Palestina.

La misma opinión tiene David González, presidente del comisariado de bienes comunales de zona lacandona, que representa al conjunto de los asentamientos y también es autoridad en Lacanjá Chansayab, Bethel, y los cruceros San Xavier y Bonampak.

Precisa que ellos están en la reserva Montes Azules y el trabajo que pueden hacer es ecoturismo en las cascadas. Las comunidades viven de las artesanías que elaboran; las mujeres, collares y pulseras, figuras de barro y los hombres flechas.

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