Las amenazas de golpe inflaman la protesta en Egipto

El vicepresidente amenaza con usar la violencia ante la “desobediencia civil”.- La oposición descarta la vía del diálogo hasta que Mubarak abandone el poder

Enric González, El Cairo/Peródico El País (España)

Las clases medias egipcias y Estados Unidos deseaban una reforma gradual, un proceso de democratización tutelado por el Ejército que evitara las opciones extremas, el colapso del régimen del presidente Hosni Mubarak o el baño de sangre después de días de protestas en todo el país, protestas que ya desbordan la plaza de la Liberación y que se han trasladado ante la sede del Parlamento egipcio en El Cairo. Esa opción intermedia parece cada vez menos probable. Las amenazas de “golpe de Estado” lanzadas por el vicepresidente y actual hombre fuerte del régimen, Omar Suleimán, solo lograron ayer inflamar aún más la protesta popular en las calles. Y demostraron que, tras las vagas promesas de días anteriores, no había más que una dictadura dispuesta a perpetuarse.

Suleimán convocó el martes por la noche a los directores de la prensa egipcia para formularles una declaración. No admitió preguntas ni aclaraciones. El vicepresidente afirmó que, si la oposición rechazaba el diálogo con el régimen, Egipto quedaría expuesto a un golpe de Estado. No especificó por parte de quién. Alguno de los periodistas interpretó que se refería a una presunta toma del poder por integristas islámicos. La gran mayoría entendió, sin embargo, que Suleimán hablaba de un golpe militar y de la consiguiente creación de una Junta dispuesta a reprimir la revuelta a sangre y fuego.

Pero el régimen, pese a la aparente parálisis, no está dispuesto a dar su brazo a torcer. El ministro de Exteriores egipcio, Ahmad Abul Gheit, aseguraba horas antes del encuentro que el Ejército podría intervenir si el caos se instala en el país, en unas declaraciones a la agencia oficial MENA recogidas por France Presse. La palabra caos fue la misma que empleó la pasada semana el presidente, Hosni Mubarak, para definir lo que pasaría si él se iba. Por el momento pocas cosas parecen moverse en el Gobierno. El nuevo ministro de Cultura de Egipto, Gabe Asfour, dimitió este miércoles de su cargo, para el que fue designado el pasado 31 de enero, por “razones médicas”, según informaron hoy medios locales de comunicación. Pero otras fuentes dan versiones distintas. La edición digital del diario Al Ahram asegura que Asfour había aceptado el puesto asumiendo que se trataba de un “gobierno de salvación nacional”, pero al percibir lo contrario decidió renunciar, también presionado por el descontento que había generado su designación entre los intelectuales egipcios.

Uno de los asistentes a la reunión explicó que el grupo de directores se sentía perplejo al salir de palacio. Ninguno esperaba tanta cerrazón en el hombre formalmente señalado por Estados Unidos, histórico patrocinador del régimen egipcio, para pilotar una reforma controlada. Suleimán descartó por completo la posibilidad de que el presidente, Hosni Mubarak, abandonara el poder antes del fin de su mandato, en septiembre -tal y como él mismo anunció-. Ni siquiera consideró la opción de levantar el estado de excepción vigente en las tres pasadas décadas.

Suelimán afirmó que las protestas constituían “una absoluta e intolerable falta de respeto hacia el presidente”. Definió a la sociedad egipcia como “falta de cultura democrática”. Y aseguró que no estaba dispuesto a permitir “ninguna forma de desobediencia civil”. Aun así, volvió a repetir que no quería utilizar “instrumentos policiales” para reprimir la revuelta. Sonó tan misterioso como amenazante.

Hacía falta una imaginación muy fértil para concebir un golpe militar contra un régimen básicamente militar. Aun consiguiéndolo, y suponiendo que un sector del Ejército fuera aún más inmovilista que el actual Gobierno (dirigido por un general retirado y compuesto al 50% por militares, a las órdenes de un presidente y vicepresidente que fueron generales), convenía tener en cuenta que amplios sectores de la oficialidad, formados en Estados Unidos, apostaban por la apertura. Esta misma madrugada el presidente de Estados Unidos Barack Obama mantenía este mismo mensaje. Obama sigue de cerca la situación en Egipto, y tras haber hablado con Mubarak y haber realizado un discurso público sobre la situación, ahora ha llamado al rey Abdalá de Arabia Saudí. “El presidente ha enfatizado la importancia de llevar a cabo pasos hacia una transición trascendente, duradera, legitimada y acorde con las aspiraciones del pueblo egipcio”, ha informado en un comunicado la Casa Blanca.

¿Qué otro sector del Estado podía tomar el poder por la fuerza? En los cuerpos policiales, con 1,7 millones de agentes, había sin duda gente tan involucrada en 30 años de represión como para impulsar una represión violenta. Pero no había policía capaz de enfrentarse a unas cuantas columnas de tanques.

La opción islámica resultaba aún más peregrina.

“No hay que descartar la posibilidad de una reacción violenta del régimen, porque ya ensayó esa vía en jornadas anteriores y porque podría esconder de nuevo la mano, atribuyendo la responsabilidad de una matanza de manifestantes a elementos patrióticos incontrolados dentro de las Fuerzas Armadas o de la policía”, comentó uno de los periodistas convocados.

Las palabras ominosas que Suleimán dejó flotar en el aire, repetidas después en televisión, confirmaron las sospechas de la inmensa mayoría de los manifestantes, una inmensa muchedumbre que ese mismo día, el martes, había desbordado el centro de El Cairo y de otras ciudades: las inconcretas promesas de liberalización no eran más que una cortina de humo tras la que trataba de ocultarse un régimen aferrado al poder e incapaz de transformarse a sí mismo.

El movimiento juvenil Seis de Abril, uno de los convocantes de la manifestación del 25 de enero, con la que estalló la protesta, emitió ayer un comunicado en el que calificaba de “intolerables” las amenazas de Suleimán y consideraba ya inútil cualquier intento de negociación con “un régimen tirano”. En términos parecidos se expresó Wael Ghoneim, el ejecutivo de Google y bloguero que tras su detención y liberación se ha convertido en uno de los iconos de la protesta. Los Hermanos Musulmanes también descartaron la vía del diálogo, al menos hasta que Hosni Mubarak abandonara la presidencia y el régimen se mostrara dispuesto a hablar de “un calendario para la transferencia del poder y la celebración de elecciones libres”.

El poder y la calle aparecían irremediablemente enfrentados. El régimen no dejaba de usar sus televisiones para atribuir la organización de la protesta a Estados Unidos, Israel, Hamás y Hezbolá (imposible conformar un grupo más incongruente), mientras, en otro rasgo de incongruencia, negaba en los informativos oficiales la propia existencia de la protesta. Se multiplicaban las noticias sobre la represión violenta de las protestas político-laborales en Suez, Port Said y otras ciudades egipcias, con al menos tres muertos. Siguen las detenciones arbitrarias.

En la calle, la palabra “muerte” se escuchaba con creciente frecuencia. Entre los manifestantes, que habían lanzado un nuevo desafío con su presencia permanente ante el Parlamento, abundaban quienes se declaraban dispuestos a vencer o a morir. Bastantes de ellos habían experimentado las torturas policiales y sabían a qué se exponían. Un pueblo apaleado que descubre su fuerza colectiva no es fácil de amedrentar. Por otra parte, cuesta acabar con un régimen acostumbrado a reprimir a sus ciudadanos y a saquear la riqueza pública, siempre en nombre de la sagrada estabilidad de Egipto, la nación más antigua del mundo.

En el horizonte, el 11 de febrero. Ese día, conocido ya como Viernes de los mártires, los convocantes de la protesta esperan rendir tributo a los fallecidos en las revueltas (más de 300 desde el 25 de enero, dijo ayer Human Rights Watch) y reunir a más gente que nunca para lograr definitivamente su objetivo, la caída del rais.

Además de las movilizaciones, cuentan con otra arma: desde ayer están en huelga unos 3.000 trabajadores públicos de los transportes, lo que ya está afectando a la salida de trenes en El Cairo. Tampoco habrá operarios de limpieza en la capital egipcia. Los conflictos laborales han prendido a velocidad de vértigo desde que el martes se supiera que unos 6.000 trabajadores del Canal de Suez se negaban a ocupar sus puestos de trabajo. El motivo, además de la agitación general, otra tecla mal tocada por el régimen: el lunes anunció una subida salarial del 15% a los funcionarios.

 

 

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