“Os lo rogamos, no nos olvidéis”

Carta abierta al mundo del hijo y la hija de Sakineh Ashtianí, condenada a lapidación por la justicia iraní

elpaís.com – 17/09/10

“Estos días, nos sentimos perdidos, intentamos encontrarnos a nosotros mismos.

Todo lo que está ocurriendo hace que el sentido de nuestras vidas sea cada vez más incomprensible.

Estamos cansados y solo deseamos una cosa: encontrar la paz y el refugio en los brazos de nuestra madre.

Hemos soportado tantas injusticias e insultos, tanto nos hemos ocultado para llorar, que solo podemos estremecernos.

Atravesamos este oscuro camino que es nuestra vida con miedo en el vientre y desesperanza en el corazón.

Estamos tan cansados, hemos pasado tanto solos, que ya no nos quedan lágrimas para lavar nuestras mejillas. Estamos agotados de tanto llorar y, hoy, desearíamos poder llorar a tu lado.

Estamos cansados de luchar solos.

Quisiéramos rodearte el cuello con nuestros brazos, abrazarte.

Sí, mamá, hace años que ni tu sombra ni la de papá nos protegen ya. A menudo, nos quedamos mirando fijamente la puerta, pero ahora nos prohíben recibir noticias tuyas.

¿Quiénes somos? ¿Seres vivos? ¿Para quién vivimos? Lo ignoramos. ¿Por qué nos creó Dios, a mi hermana y a mí? ¿Hemos venido al mundo para padecer tantas torturas? ¿Por qué y hasta cuándo? Durante nuestra infancia, mientras nos acurrucábamos por miedo en las callejuelas sombrías y frías, perdimos nuestra casa.

Mientras las otras muchachas se entretenían en los brazos de sus madres para que estas les trenzasen los cabellos, mi hermana tiritaba bajo el frío y la nieve, rogando a lo largo del gran muro de la prisión para que, tal vez, la dejasen atisbar a su madre.

Mientras mis camaradas se sentaban junto a sus padres, para que estos les tomasen la lección, yo era testigo del asesinato del mío y, lo que fue aún más doloroso, de la falsa e innoble acusación contra mi madre, a quien señalaron como responsable del crimen.

En la escuela, durante los dictados, siempre cometíamos faltas en la palabra “madre” para que el maestro nos castigase a escribirla mil veces en una página en blanco. ¿Podéis imaginarlo?

Houtan, nuestro abogado, también ha perdido su domicilio. Ya ni siquiera le autorizan a entrar en el Ministerio de Justicia. Su único crimen es habernos defendido. Incluso necesita a alguien que le proteja. Esta vida se ha convertido para todos nosotros en una tragedia. Puede que, la semana pasada, durante el registro del bufete de nuestro abogado, el interrogador de los servicios de Información del régimen tuviera razón cuando nos anunciaba que, aunque nuestra madre regresase, “ellos” no volverían a dejarnos vivir en paz. Pues, según él, al mundo le preocupa únicamente su liberación, no nuestras vidas.

En efecto, nuestra vida no tiene sentido alguno. Nos rechazan en todas partes, incluso en nuestra propia familia. El día en que, en el colmo de la desesperación, llamé a la señora Mina Ahadi, y el día en que observé desde Irán el generoso apoyo de nuestros amigos, conocidos y desconocidos, del mundo entero, fueron como una luz en la penumbra de la soledad.

Desde el fondo de nuestros corazones, os suplicamos que sigáis pensado en nosotros, y también en nuestros semejantes, y en todas esas personas encarceladas en Irán, que, siendo inocentes, no tienen la posibilidad de defenderse. Sí, os lo rogamos. Os lo suplicamos”.

De Sajad y Saeideh, al mundo entero.

Traducción de José Luis Sánchez-Silva, a partir de la versión del persa al francés del periodista franco-iraní Armin Arefi.

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